#historiasdefútbol

UN CAPITÁN PARA URUGUAY


            Me miraba Aníbal Paz, asustado, compungido por sus deslices ante Suecia, pero ganada, a pesar de la fatal digerida. El bueno de Matías González, con la media luna curva en el rostro –como siempre–, risueño y noble, aunque portentoso, recordaba los chances que tuvimos que pasar ante la Furia española de Zarra, e intentaba suavizar a su compañero: «¡Dejáte de joder, Aníbal! ¡Ahí tenés a Roque Gastón Máspoli, que va a cubrir el arco con dignidad!». Andrade, el otro «Negro» del grupo aparte de mí, insuflaba hirsutas proclamas que me hacían recordar a las gremiales de octubre del cuarenta y ocho, cuando me agarré la bandera de paladín para defender a mis compañeros en pro de su libertad; dejando de jugar y no por faltarme plata. Posaba los ojos sobre todos ellos intentando encontrar las palabras adecuadas que pudieran hacer olvidar las de Juancito López –el técnico– tan solo hacía unos instantes: «En este grupo hay potrero dentro, lo sé, pero estos tipos vienen de hacer siete a los suecos y seis a los gallegos. Ademir es una mala bestia y ha metido ya ocho goles; a Zizinho no le sigue la marca defensor alguno, y te culebrea por el costado; al igual te pasa con Juvenal por la zurda; mientras que Bigode, en la zaga, te deja el aliento en el pescuezo y te retuerce el ánimo. A Barbosa, el arquero, por ahí igual si se la lanzás por bajo tenés posibilidades, pero ni siquiera veo llegar a esas. Habéis cumplido más de lo que se esperaba, y en Montevideo se os va a recibir como ídolos si sois capaces de no encajar más de cuatro; por tanto, muchachos, defiéndanla todo lo que puedan; atranquen la puerta; sean un grupo compacto; aprieten la dentada y jalen al primero que les cruce. Junten las líneas. Sean uno hoy aquí… y que vibre la celeste».
«¡Sos un cagón, Juancito!», reflexionaba hacia mis adentros: «¡Andáte a cagar, pelotudo!, al igual que todos esos cobardes directivos que han huido como ratas del barco; traidores a nuestra patria chica que seguro han sido los primeros en llevar la tinta a las rotativas brasileiras que desde esta mañana ya anuncian su victoria mundial».
A mi alrededor solo percibo cobardía. ¿Dónde quedan aquellos tiempos en los que Gardel se avenía a abrazarnos cuando campeonábamos? Ahora solo figuran burócratas huidizos sin alma cuyo único credo es el parné más abyecto.
¿Qué palabras encontrar en mi exiguo vocabulario que puedan describir semejante afrenta? ¿Cómo volver a levantar a estos jugadores por los que nadie parece querer apostar un peso? Bigode te retorcerá el ánimo o te dejará como un durazno aplastado, o una frutilla hecha pasa, ¿pero sabe este que delante de él tiene a Alcídes Ghiggia, con sus cabriolas y sus fintas? ¿Por qué nadie parece recordar que si ellos tienen a Ademir, o a Jair, o a Zizinho, nosotros tenemos a Schiaffino, Míguez, Gambetta o a mí mismo, el «Negro Jefe», el capitán de Uruguay, Obdulio Varela?
Ha llegado el momento de hacer posible lo imposible; de remar contracorriente; de acallar esas doscientas mil gargantas que braman en este estadio de Río, hoy dieciséis de julio de 1950; y hacer que se vuelva a escribir la historia del Uruguay, dejándonos la sangre y el alma invocando a lo que resta de nuestras precarias fuerzas. Hoy es el día en que la historia nos recordará como héroes.
» Muchachos, no piensen en toda esa gente; no miren para arriba porque el partido se juega abajo, y si somos capaces de alcanzar la victoria hoy, convénzanse de que no va a pasar nada, porque nunca pasó nada. Los de afuera son de palo, y en la cancha seremos once contra once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines[1].



Salimos a jugar con un rombo en la zaga, pensando en las ayudas constantes, dándonos la vez cuando fuera necesario, y por supuesto, obviando ese furor defensivo, acobardado y ruin que el técnico, con sus mejores intenciones, quiso aconsejarnos. Había que atacarles. Ir a por el partido. Hacerles saber que, aunque el empate les sirviese, no iban a estar cómodos en la hierba de esa monumental y grandiosa construcción ovoide de cemento que era Maracaná.
Nos fuimos al descanso con empate a cero –aún con el recuerdo de ese tiro al palo de Míguez que nos hizo soñar–, pero a la vuelta, en un claro orsai, Friaça anotaba para Brasil. Uno a cero.
Tenía que hacer algo para atemperar la efervescencia, así que agarré el cuero, me fui directo hacia el centro de la cancha y solicité a un intérprete para elevar mi queja ante el réferi inglés. Debíamos jugar con la psicología de estos tipos. Y funcionó. Al poco Ghiggia centró con pericia y Schiaffino la empujó hacia dentro. Empate a uno. Más tarde, una vez acabado el partido, Máspoli me confesó que en ese momento fue cuando empezó a creer; y no tanto por la igualdad conseguida, sino porque al darle en la cara con un gesto amable a uno de los rivales, sintió que el rostro lo tenía congelado, aterido por el miedo. Sí, se asustaron; se asustaron mucho. Con el uno a uno, todavía eran campeones del mundo, pero Brasil sintió que lo que todo el mundo daba como algo seguro, ya no lo era tanto. Y en esas, llegó el centro chut de Ghiggia que se convirtió en el uno a dos; en nuestra victoria imposible; en nuestro segundo campeonato mundial de fútbol. Ni siquiera supieron cómo darnos el trofeo.

Años después me preguntaron: «¿Por qué llorabais al final de la contienda?». Yo siempre respondí lo mismo: «Porque fuimos los héroes que participaron y ganaron en el mejor y más importante partido de todos los tiempos».


[1] Palabras reales dichas por Obdulio «el Negro Jefe» Varela en el vestuario, minutos antes de salir al campo.

Comentarios

Entradas populares